Estoy cansado de sentir que soy el títere de un sistema mal hecho y que no va hacia ningún lado, de ser el muñeco de trapo de un modelo organizacional que pareciera estar descontinuado y de ser el triste espantapájaros que azotado por el sol de verano infunda, con solo apariencias, que las cosechas serán buenas el año próximo.
Estoy aburrido de esperar la llamada que sé que se aproxima pero que nunca llega, de sentarme largo rato a esperar que el sol se achate en el horizonte confiando inocentemente de que es señal inequívoca de que la bella luna saldrá por la noche a iluminarme. Aburrido de las tertulias incompletas, agotantes, cansadoras y abrumantes. Aburrido de su irónica alegría alimentada por litros de bencina bebestible, esa que combustiona en los cerebros causando estragos amargos, largos de noches y dignos de tangos.
¿Confundido por confusiones ajenas quizás? No, no lo estoy ¿o si?
No ese no soy yo, ese eres tu.
Sentado con la espalda en un viejo sillón de cuero en lo que alguna vez fue la oficina de mi padre, Gabriel Castillo.










